Prensa Española

«La calumnia empieza a ser más atractiva que la verdad. Pero eso no es cosa de ahora»


ULISES CULEBRO

La calumnia empieza a ser ms atractiva que la verdad, pero la difusin deliberada de rumores falsos no es cosa de ahora, sino de siempre. «Soy El Rumor. De mis lenguas se escapan constantes calumnias que expreso en todos los idiomas, y de las que me sirvo para llenar de falsos informes los odos humanos», exclama el narrador de la obra El rey Enrique IV, de Shakespeare. «Abrid los odos, porque quin de vosotros, cuando habla del bullicioso Rumor, podr impedir que se divulguen sus palabras?», aade. Ya est claro que el triunfo de Trump, el Brexit o el independentismo cataln se basaron en mentiras crebles o increbles: «Cada da -decan los contrarios a Europa- enviamos a Bruselas cinco millones de libras esterlinas». «Espaa nos roba», contaban los secesionistas.

La idea de El Rumor, esa flauta donde soplan las sospechas, los recelos, las conjeturas, tan sencilla y fcil de tocar, fascin a Marx. Confesaban sus hijas: «Hizo de Shakespeare la biblia de nuestra casa». Sacaba citas del bardo: no slo eso del dinero como prostituta universal y alcahueta de los pueblos, sino lo de la capacidad de los enemigos para difundir noticias falsas. Tambin era un admirador de Don Quijote, al que describe como el epitafio pico de la caballera agonizante.

Sancho y Falstaff son contemporneos y eternos. La inteligencia universal ha elevado a la inmortalidad a los dos gordos y glotones. Parecen inspirados el uno en el otro, los dos anuncian el futuro del poder y sus calumnias. Se dejan llamar «hijo de puta» por sus seores. Dos cerros de carne, que resultaran insoportables para el canon moderno, a los que les gusta el vino. Ambos no slo son ingeniosos por s mismos, sino tambin son la causa de que tengan ingenio los dems. El escudero tambin se refiere a la calumnia cuando sentencia: «Es querer atar las lenguas de los mentirosos como poner puertas al campo». Y reflexiona como un antisistema: «No ocupa ms pies de tierra el cuerpo del Papa que el del sacristn». Los dos piensan que el honor es aire, mientras uno se coca con vino de Canarias o de Jerez y otro con mollate de La Mancha. Pero Sancho no es como Falstaff, fanfarrn, putero, segn Shaw, «un desdichado, descerebrado y desagradable anciano». Es amigo del prncipe, pero le teme como se teme el rugido del cachorro de un len. Y acierta, porque el amigo de golfera lo desprecia pblicamente cuando lo coronan en la escalinata: «Qu mal le sientan las canas a un bufn. No te conozco anciano».

Sancho y Don Quijote, al contrario, terminan subyugados el uno por el otro.

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