Prensa Española

Pablo Molina: Piscinazos en el Supremo


Con los alegatos políticos de los abogados defensores de los golpistas y su manera estrafalaria de enfocar las labores de la defensa, que tantos momentos de guasa nos han brindado, creíamos que habíamos visto todo lo que la abogacía independentista catalana podía ofrecer para diversión general y pública instrucción de los alumnos más torpes de Derecho de la universidad pública: nenes, estudiad mucho o acabaréis haciendo el ridículo en los tribunales como estos señores. Pero estábamos equivocados. Faltaba por ver a los testigos propuestos por estos titanes del foro, que esta semana han comenzado a deponer ante los sufridos magistrados que encabeza Manuel Marchena. Ahí sí hemos comenzado a tocar el cielo con las manos.

La tesis general de los convocados para defender la inocencia de los golpistas es que el referéndum del 1-O fue un festival de paz y amor organizado por dos millones de budistas vocacionales, que los agentes de la Policía y la Guardia Civil estropearon agrediendo a los niños y ancianos que hacían yoga a las puertas de los centros de votación. Uno de estos testigos aseguró al tribunal que escuchó perfectamente el sonido de la rotura de unos cráneos como consecuencia de los golpes de los agentes de la policía (española, por supuesto). Una masacre, una carnicería, sobre todo teniendo en cuenta que nadie les curó esas terribles fracturas, puesto que los únicos ingresos hospitalarios producidos ese día fueron por un infarto y un derrame ocular.

El gran Jordi Pina y sus colegas hacen continuos esfuerzos para negar lo que la realidad tozuda ya se ha encargado de dejar sentado: que el butifarréndum fue organizado por los acusados y que en los registros judiciales y en el propio 1-O hubo episodios de violencia inusitada contra los policías que trataban de ejecutar los autos judiciales del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña. Y es una conclusión que no es fruto de complejas líneas de investigación; bastaba con poner esos días la televisión.

El victimismo flagrante de los testigos y las escenas lacrimógenas de algunos abogados (Van der Eynde llegó a pedir a un asombrado Marchena unos segundos para reponerse emocionalmente del relato idiota de una de sus testigos) son a la Justicia lo que al fútbol las caídas fingidas de los delanteros en el área de penalti. En ambos casos hablamos de piscinazos. En ambos casos, también, los mayores expertos están en Cataluña. He ahí otro hecho diferencial.


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