Prensa Española

Amando de Miguel: Asalto a la terminología


Uno de los logros de la Revolución Francesa (aparte del sistema métrico decimal) fue la idea de nación en su sentido de sujeto político. A España llegó esa idea en su momento, pero esta es la fecha en que produce una cierta desazón en las huestes progresistas o de izquierdas, que son las que dominan la palestra. En lugar de nación, el progresismo prefiere país, territorio o Estado. Como es lógico, se trata de equivalencias que hacen feliz al separatismo (de soltera nacionalismo). En todo caso, lo de nación se reserva para algunas entidades históricas que integran España o que pretenden desgajarse de ella.

En la escuela aprendimos el hecho incuestionable de que España se compone de regiones históricas. Pero hete aquí que ese es otro término que odia la grey progresista que nos avasalla. En su lugar, logra incluir en el texto constitucional, y luego en los usos léxicos del vecindario, el circunloquio de comunidades autónomas. Aunque pueda parecer extraño, fue una expresión importada de la Unión Soviética o de Yugoslavia (ambos conjuntos han desaparecido) para significar las regiones alejadas del centro, rozando ya el estatuto de colonias o protectorados. El adjetivo autonómico ha sustituido al de regional. Se trata de un contrasentido, pues lo verdaderamente autónomo es el Estado, y eso malamente al haber cedido una parte de la soberanía a la Unión Europea. A la izquierda le encanta, además, el epíteto de federal, como si España se organizara como una federación, que no es el caso.

Otra alteración flagrante del lenguaje para designar las unidades políticas es eliminar la voz provincias. En su lugar se impone hablar de «territorios». Lo más chusco del asunto es que esa avilantez léxica se ha forzado todavía más en el País Vasco (antes Provincias Vascongadas), donde las unidades provinciales cuentan con una antigüedad venerable. En cambio, en el resto de España las provincias son una invención de hace un par de siglos, que no es tanto para una nación milenaria. La última desfachatez ha sido convertir algunas provincias (Santander, Logroño, Murcia) en comunidades autónomas. Se trata de un capricho oligárquico.

Otra alteración más sutil es referirse a los ayuntamientos de toda la vida (una voz emparentada con junta, yunta y coyuntura) como «municipios». Ese término fue el preferido del franquismo, y ahí se quedó. También es muy franquista la repulsa latente que produce la voz partido, en el sentido de partido político. El progresismo militante prefiere sustituirla por formación, que parece más benévola.

La audacia de la nueva terminología política por parte de progresismo está en imponer el sintagma violencia de género. Hay que entender que se trata de la violencia extrema contra el género femenino en el círculo doméstico, lo que debería llamarse uxoricidio. Equivale también a la violencia machista, con el retorcido propósito de oscurecer del campo de atención la más amplia violencia familiar.

Es evidente que hay más asesinatos de mujeres por parte de sus maridos, novios, amantes o exmaridos que al revés. Pero por la misma razón que hay más homicidios de todo tipo cometidos por varones que por mujeres, incluidos los suicidios. Sin embargo, eso no quita para que se deba aislar el caso de las mujeres que logran hacer la vida imposible a sus maridos y sobre todo a sus exmaridos, no digamos cuando hay hijos por medio. Sería más razonable hablar de violencia doméstica para la que se produce en el círculo de la familia o sus aledaños. Si se aísla con tanto cuidado la violencia de género es porque, a través de ese miserable recurso, se facilita el estatuto privilegiado de los grupos feministas. Los cuales constituyen el más formidable grupo de presión en la política española actual. Sus tesis se ven incorporadas a los partidos de la izquierda y aun en parte a los de la derecha. El feminismo ha conseguido ser una estupenda forma de vivir en los varios sentidos de tal acción.


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