Prensa Española

Luis Herrero: Carta blanca


Sánchez ya tiene lo que quería. Carta blanca. Cien mil militantes del PSOE, el 60% de los inscritos, la han dicho que dormirán a pierna suelta con Podemos en el Gobierno. Aplauden la idea del preacuerdo con Iglesias y le animan a llevarlo a la práctica cuanto antes. ¿A cualquier precio? Cabe suponer que sí. Aunque nadie les ha preguntado su opinión sobre el necesario salvoconducto de ERC para hacerlo posible, los socialistas que han participado en la consulta interna ya sabían, a la hora de decirle a bwana que sí, que la única forma de alcanzar la tierra prometida del Gobierno social comunista es logrando la abstención de los republicanos independentistas. Y también que conseguirla no saldrá gratis.

Mientras ellos votaban, los dirigentes de Esquerra especificaban el precio: diálogo entre gobiernos. De igual a igual. Sin condiciones ni vetos. Presididos por Torra. Con calendario específico, garantías de cumplimiento de lo acordado y validación del texto final en un referéndum circunscrito a Cataluña. ¿Habría cambiado el sentido del voto de los cien mil hijos de San Luis si hubieran conocido ese pliego de exigencias antes de depositar su voto en la urna del sí? Naturalmente. ¿Acaso ha salido algún mandamás del partido, o del Gobierno, rasgándose las vestiduras después de que los dirigentes republicanos fijaran el precio de su abstención? Al contrario.

Miquel Iceta, que es quien lleva la voz cantante entre bambalinas en nombre del PSOE, no ha parado de repetir en las últimas 48 horas que es optimista y que, a la hora de dialogar, «el instrumento es lo de menos». Los barones territoriales también ha dado el nihil obstat a la búsqueda del acuerdo. Lo cuenta El País. Lo previsible es que, a partir de ahora, los voceros gubernamentales empiecen a decir que las demandas de ERC solo responden a una táctica negociadora —pedir cien para quedarte en diez—, forzada por la presión a la que el partido de Junqueras está siendo sometido por parte de los secuaces de Puigdemont y de los agitadores del tsunami pendenciero. Y habrá muchos que se lo crean. Pero no es verdad.

A la hora de confrontar credibilidades, la del separatismo catalán está a años luz de la de Sánchez. La palabra del presidente en funciones es bisutería de la mala. De ser el adalid del «no es no» ha pasado a convertirse en el apóstol de «lo que haga falta». El no a Iglesias se ha trasmutado por arte de birlibirloque en una flamante vicepresidencia, y el no a la dependencia independentista, en una mesa de diálogo. Nada de lo que prometió en campaña sigue vigente: ni la promesa de una ley que penalice la convocatoria de referéndums ilegales, ni el compromiso de acabar con el adoctrinamiento en las aulas (Iceta dijo el sábado que renuncian a cambiar la ley de inmersión lingüística), ni el propósito de desmantelar la maquinaria propagandística de TV3. ¿Y con ese bagaje de acrisolada coherencia pretende hacer valer su punto de vista?

La experiencia reciente demuestra que los independentistas no mienten tanto como él y que suelen cumplir lo que anuncian. El procés, diga lo que diga la sentencia del Supremo, no fue una ensoñación. Fue, y sigue siendo, la determinada determinación de trazar un plan para romper con España. Y ahí siguen. Pere Aragonés, que es el alquimista elegido por Junqueras para negociar Sánchez, dice hoy domingo en unas declaraciones a El Periódico que «si hay acuerdo entre partidos para la investidura significará que hemos acordado la constitución de una mesa de negociación entre los representantes de las mayorías ciudadanas y parlamentarias. Es decir, entre gobiernos». También ha dicho que su programa político es la amnistía y la autodeterminación y que seguirán en el no al gobierno de izquierdas mientras el PSOE no avance en esa dirección. «Nunca renunciaremos al proyecto independentista», añade el vicepresidente catalán para que no haya dudas.

Nadie podrá decir que los socialistas van engañados a la tenida preparatoria que capitanearán el próximo jueves José Luis Ábalos, número dos del partido y hombre fuerte del Gobierno, y Josep María Jové, mano derecha de Junqueras e ingeniero jefe del referéndum del 1-O. El hecho de ir, sabiendo a lo que van, ya es un indicio de la postura que adoptarán al final de la conversa. Si fuera para romper la baraja, ¿qué sentido tiene repartir las cartas? Aquellos que basan su estrategia en dar por supuesto que el pacto fracasará, se equivocan. Ni les llegará el turno de mover ficha, ni podrán explicar por qué no hicieron nada, al menos en grado de tentativa, para salvarnos del horror que se avecina. Hay cosas que difícilmente se perdonan.


Leave a Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *